Dos segundos

Hasta en el cielo las familias tienen problemas. Cuando una situación doméstica se descontrola, las consecuencias son bíblicas

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Dos segundos
Interior con alas en el perchero. Friedrich Wilhelm von Kleist. 1821. Oleo sobre tabla. Museo Abadía de Ravensburg

I

Nadie sabía cuánto llevaba la fila ahí. Se llegaba a ella al morir, se avanzaba con lentitud de trámite y al final, decían, había una reja donde a cada quien lo mandaban a lo que le correspondiera. Lo que había del otro lado era asunto de fe. De la fila, en cambio, todos sabían lo mismo: era larga, no tenía horizonte y no había forma de saltársela.

Eso último lo sabían todos menos uno.

—¡Haga la fila!

—¿Otra vez el mismo imbécil?

El andrajoso vagabundo no era terco, era contumaz. Al comienzo le pegaban; con el tiempo, el concurso había quedado en ver quién lo divisaba primero.

—No lo entienden. Solo tengo que llegar al comienzo de la fila y estaré salvado. Creo.

Al fin alguien sintió curiosidad. Tal vez al loco le bastaría con contar su historia. Es más: al samaritano se le ocurrió que a él le bastaría con conocerla. Decidió presentarse.

—Yo me llamo Carlos Alberto. Gómez Gómez. Mi mamá y mi papá no eran parientes. ¿Cómo se llama usted?

El tipo era grande en un sentido muy voluminoso. Casi metro noventa y ciento treinta kilos de grasa sólida, como esos camioneros que con subirse las mangas ofrecen una trepanación a mano abierta.

—Me llamo… Meryre.

El vagabundo pareció sorprenderse con el sonido, como si lo oyera por primera vez.

—Bueno, Meryre. ¿Por qué no me cuenta quién es usted?

—Usted no lo entiende. Debo llegar al comienzo de la fila.

—Ya sé, tiene que saltarse esta fila. Pero tómese un descanso, hombre, y cuénteme. Después podrá intentarlo otra vez.

El vagabundo pareció preguntarle con la mirada si hablaba en serio. Miró a ambos lados de la fila y al gigantesco espacio vacío que la rodeaba. Al fin suspiró.

—¿Ha oído hablar del arcángel Miguel?

Gómez se sentó en el suelo con él.

—¿Usted es el arcángel…? —preguntó sonriendo.

—No sea estúpido. ¿Le parezco un arcángel? —Meryre se miró las manos sucias, como para confirmarlo—. En el ejército de Miguel había un soldado, Damiel. Un ángel de la tropa, de rango muy bajo. Un día se enamoró de una mujer y se quedó en Berlín. Se volvió humano. Desertó.

Gómez levantó las cejas, cada vez más divertido.

—Espere. ¿Damiel? ¿Berlín? Eso es una película. Las alas del deseo, la de Wim Wenders. Bruno Ganz de ángel, con gabardina, oyendo lo que piensa la gente en el metro. Se enamora de una trapecista y deja de ser ángel…

—No es una película. Primero ocurrió —lo cortó Meryre—. Después la filmaron. Al mariscal le costó entender la diferencia. Por eso bajó.


Miguel se enteró en su despacho, que era más un cuartel que un despacho, por boca de su edecán.

—¿Que Damiel hizo qué cosa?

El arcángel se levantó despacio, con los ojos entrecerrados, haciendo crepitar los nudillos al borde de la mesa. El edecán, que lo conocía desde antes de que existiera el tiempo, dio un paso atrás.

—Que ha…

—Ya lo oí. En resumen, Damiel es un traidor. Un canalla. Un desagradecido. ¡Un desertor!

—Es una forma de verlo, señor…

—¿Qué ha dicho?

—Que es un traidor, un canalla y… esto… ¿qué más? Un desagradecido.

—Era joven, de rango muy bajo en la guerra. Pero lleva las medallas, las marcas, los tatuajes. ¡Los que estuvimos ahí no desertamos!

—Bienaventurados los mansos, porque de ellos será el reino de los cielos… —se atrevió el edecán.

—Vuélvalo a decir. Ande. Dígalo otra vez. Al que me repita ese discurso New Age de mi hermanastro lo lanzo a Leviatán. El reino de los cielos tiene dueños.

—Pero, señor, siempre ha sido posible. Cualquiera puede…

—¡Yo no! ¡Ningún veterano! Voy a buscarlo yo mismo, a ver si me dice «tengo derecho». Se lo entrego a mi hermano Luzbel para que se lo pase a Moloch y lo ponga a contar un billón de dólares en monedas de sestercio.

—Er… ¿va a bajar usted a buscar a Damiel? ¿Con la espada flamígera y todo?

—¡Y mi dragón! ¡Y la Lanza del Destino! ¡Y mis alas! Toda la regalía. A ver si Damiel entiende.

—Señor… no sé si sea… ¿cómo decirlo? De recibo. Dejarse caer sobre la Puerta de Brandemburgo con una espada en llamas, cabalgando en Gizmo. Berlín por estos tiempos no está para eso.

—¡Su nombre es Abadón!

—En la tropa pensamos que esa bestia merece un nombre con más prosapia. Gizmo era hitita, por «tormenta imparable de medianoche».

—Suena bien.

—Lo malo es que Gizmo es un poco desprolijo cuando hay mucha gente.

Der Erzengel über der Stadt (El arcágel sobre la ciudad). Johann Gottfried Habermehl. 1854. Oleo sobre lienzo. Colección Brandt-Lüdecke, Hannover

Meryre miraba nervioso la fila mientras hablaba, como si temiera que se moviera a sus espaldas. Gómez lo miraba con una lástima infinita.

—Y bajó.

—¿A Berlín? ¿Montado en Gizmo?

—Se pronuncia como si llevara equis, no zeta —lo corrigió Meryre, con una precisión que a Gómez le pareció rara en un loco—. Y no. Su mamá y su papá le prohibieron con todas las letras llamar así la atención en Berlín por esos días.

II

Miguel llegó a Stuttgarter Platz desde la Kurfürstendamm. No conocía el frío ni el calor, pero llevaba sobretodo de paño, sombrero y guantes. Las manos cruzadas a la espalda, la mandíbula apretada, los ojos echando chispas. Caminaba despacio entre vitrinas de colores chillones que se peleaban, en los charcos, con las luminarias amarillentas de la calle. Su edecán calculaba cuántos minutos le tomaría completar quinientas mujeres que se quedaran mirando a su jefe al pasar.

—¿Por qué estamos en este sitio? —preguntó Miguel.

—Buscando a Damiel, ¿no? Si le pidiera ayuda al príncipe Luzbel, él podría decirle dónde está… Sí, señor, ya me callo.

—Y deja de contar las miradas que me lanzan, que te estoy viendo.

—Son notas de campo, señor. Esa rubia de allá, de botas a la rodilla, labios encendidos y media túnica roja apretada se parece a santa Cecilia. A propósito, Cecilia me pasó una esquela para usted. Debo tenerla por aquí…

Nachtwandeling (Paseo nocturno), Hendrik Wilem Oudshoorn, 1862. Oleo sobre lienzo. Stichting Van Lier, Dordrecht.

—¿Sabes a quién le interesa? —Miguel seguía hosco, mirando el sitio con curiosidad.

—Ella insiste; no mate al mensajero. Y si santa Cecilia le manda una esquela perfumada, lo inmaculado es responder, digo yo.

—Que alguien se encargue. Una nota cortés y yo la firmo. ¿Y por qué sabes tanto de este lugar?

—He estado en Berlín. El rey David… perdón, David, me pidió ayudarle a uno de sus pupilos, Klaus Meine. Le dicté palabra por palabra No One Like You, y no me creía que iba a ser un éxito. Después dijo que era suya. Claro.

—¿Quién?

—Klaus Meine. El líder de una banda… un coro sin arpas que se llama Scorpions.


—¿No One Like You la escribió el arcángel Miguel? —preguntó Gómez, pronunciando cada letra.

—¡No! La escribió Klaus Meine. Se la dictó el edecán de Miguel, no Miguel —contestó Meryre, ofuscado.

—Vale… Musas más raras ha habido. ¿Y entonces?

—Entonces fueron a cine, señor Gómez.


—¿Qué es esto?

Miguel se quedó parado en seco ante la fachada del resplandeciente edificio.

—El Zoo Palast… —respondió el edecán, buscando dónde poner los ojos.

—Eso ya lo veo escrito entre esas luces escandalosas. Pregunto qué es. Y por qué en un sitio tan torpe y aparatoso hay una pintura de uno de nosotros por encima de esta ciudad desangelada —se rio un poco—. ¿Entendiste? Desangelada, y aquí está Damiel.

En el afiche, un hombre de gabardina, con unas alas borrosas a la espalda, miraba Berlín desde lo alto.

—Hilarante, señor. Lo que pasa es que es un humor muy culto. Esto es un cine. Y Bruno Ganz jamás ha sido uno de nosotros… —El edecán seguía buscando un refugio.

—¿¿¿Quién???

—Él. El del afiche… la pintura. Es un actor y se llama Bruno Ganz. Hace de Damiel.

—¿Cómo que hace de Damiel?

—Es una película, señor. Cuenta lo de Damiel, que decidió quedarse. Con alas de utilería. No cuenta nada de lo que siguió… así que si buscamos pistas, ya podemos irnos.

—Quiero ver de qué se trata esto. Entremos.

Miguel enfiló hacia el teatro a paso de carga, pero se detuvo cuando el edecán habló a su espalda.

—Iré a pagar.

—¿Para qué? Nadie va a pararnos.

—Cierto… pero si nos desmaterializamos, es incómodo cuando alguien se sienta donde estamos sentados. Tapa la vista.

El edecán volvió con las boletas.

—Señor… usted sabe lo que es un dólar. Qué es la Nueva Era. Pero no sabe qué es un cine.

—Estoy al tanto de las acechanzas de mi hermano Luzbel. ¿Debería incluir el cine?

—Mucha gente diría que sí. En especial el rojo. Dicen que es cosa del demonio.

—Y lo que vamos a ver, ¿de qué color es?

—Bastante rosado…


—El arcángel Miguel pagó boleta para entrar a cine… —Esta vez Gómez habló sin darse cuenta, como si le hubieran bajado las revoluciones. Alzó la mano antes de que el vagabundo contestara—. El edecán pagó la boleta. Del arcángel Miguel.

Era una lástima que el tiempo de ambos ya hubiera pasado. Esa historia merecía ser un best seller. Era como Dalí escribiendo guiones de la Pantera Rosa.

—¿Y qué pasó cuando la vio? —Gómez casi temía la respuesta, pero la curiosidad lo venció.

—Pasó… que ardió el cielo.

III

Esa noche hubo cena en la casa del Padre. Él presidía desde la cabecera, en sombras, sin decir palabra. Al otro extremo, Shekinah, la madre. A cada lado, sus dos hijos mayores: Miguel y Luzbel. Luzbel vivía abajo desde hacía milenios, pero venía a comer. Abajo lo llamaban Satán; solo aquí, a la mesa de su padre, seguía siendo Luzbel.

—¡¡¡Todo esto es culpa tuya, Luzbel!!! —gritó Miguel, azotando la mesa con la mano abierta.

—Y vio Dios que era bueno todo lo que te hace rabiar, hermano, pero voy a pedirte que te expliques. No tengo idea de qué hablas, aunque aplaudo desde ya. No te veía esa cara desde que arreglé lo de Betsabé y Urías —respondió Luzbel, sirviéndose ensalada.

—¿Cómo es que la historia de Damiel está en una película?

—No veo qué te sorprende, hermano. Yo soy el príncipe de las tinieblas; la luz es de tu grupo de trabajo. Y una película no es más que eso: luz.

—¡No la hicimos para una idiotez así! No pensé…

—Y ese, ese, es tu problema, hermano. Que pensar se te… dificulta.

—Contigo siempre es lo mismo. Tomas lo que no es tuyo sin tomártelo en serio —dijo Miguel, apuntándolo con el tenedor.

—¿Otra vez con eso? —suspiró Luzbel, mirando al techo.

—¡El gas primigenio era mío! ¡Me lo dieron a mí!

Shekinah se frotó las sienes, anticipando un dolor de cabeza del tamaño de dos novas.

—Estamos en la mesa. Pueden hablar del Big Bang en otro lado.

—Pero es verdad, mamá. ¡Papá me dio el gas a mí!

—Fue hace, ¿cuánto? ¿Catorce, quince mil millones de años, hermano? Tú lo dejaste por ahí, en la oscuridad; yo vi una cosa azul brillante… ¿qué esperabas? Ya podemos dejarlo —dijo Luzbel, examinando entre los dedos un camarón más brillante de lo normal.

—¡Ya quisieras! Para contener aquello, papá tuvo que inventarse el fiat lux, y todo ha ido cuesta abajo desde entonces. Y ahora, gracias a tus idioteces, hay películas que nos dejan en ridículo ante esas insignificancias de allá abajo, que…

—Y tú dices que el favorito soy yo… Cuando yo llamé a esas criaturitas algo parecido, hay que ver la que se armó en esta casa.

—¡La guerra! —dijo Miguel, echándose hacia adelante.

—¡Bah! Yo solo me mudé con Astaroth y los otros, como un adulto. —Luzbel pelaba una pera con movimientos expertos.

Shekinah aplastó el dedo cuatro veces contra la mesa.

—Terminan esa discusión ahora.

El tono ominoso aconsejó volver al punto.

—¿Saben quién es un tal Wim Wenders? —preguntó Miguel.

—Por supuesto. Buen tipo. Hizo una obrita con Nastassja, aunque a ella la conocí por Roman. Polanski, tú sabes, el de esa comedia divertidísima sobre mí. Ahora que lo pienso… mamá, Rosemary sería clavada a ti con el cabello largo y negro. En fin, ¿de qué hablábamos? ¡Ah, sí! Nastassja. Nada más verla, le pedí a Judah Loew ben Bezalel tres o cuatro súcubos como ella…

—¿¿¿A quién le importa??? Wim Wenders puso en una película la historia de Damiel. Y apuesto, apuesto, Luzbel, a que la supo por algún camino que lleva hasta ti.

Luzbel extendió un dedo acusador y berreó:

—¡Papaaaaá, Miguel está apostando! —Y luego, con su voz de siempre—: Y sigo sin saber de qué luzbeles estás hablando.

—La película se llama Las alas del deseo. Cuenta la historia de dos ángeles. Uno es Damiel, que decide dejar de ser ángel para poder… bueno, eso…

—¿Mojar el gusano, hermano? ¿Sacar a pasear al cíclope? ¿Presentar al caratortuga?

—Por última vez, Luzbel… —dijo Shekinah, tapándose con la servilleta una sonrisa que no pudo atajar.

—¡Pero si estoy ayudando, mamá! Damiel se enamoró de una trapecista, Marion. Tuvieron una charla romántica en una cafetería, aburridísima, como todas las que esconden una petición directa de sexo. ¡Qué se le hace! ¿Saben? Ganz haría un Hitler estupendo, pero es una de esas ideas cuyo tiempo no ha llegado.

—Y tú me vas a decir, Luzbel, cómo lo supo ese tal Wenders —dijo Miguel, acariciándose el puño con la otra mano.

—No soy uno de tus soldaditos para que me hables así, hermano. Pero como mamá hizo ese magnífico mousse de durazno y lo quiero probar… La historia de Damiel se contó mucho en Berlín hace dos años, cuando él bajó.

—¿Damiel desertó hace dos años? —Miguel se quedó petrificado.

—Ya ves, la lealtad de tus tropas… Alguien la contó en un bar, en una parada del metro, qué sé yo, y prendió. Que si era un espía ruso, que si un traidor inglés… La que tomó tracción fue la del ángel. Si en algún lado nos aprecian, es allá: esos pobres se acuestan sin saber si los van a bombardear al amanecer. Wim oyó la leyenda, rastreó a los protagonistas… y filmó lo que pasó de verdad, cosa que me parece de lo más inconveniente —se puso la mano en el pecho y la boca en una O de consternación—. ¡Quedé devastado! ¡No te imaginas! Una insípida leyenda urbana, y mira cómo acabó. Por si te consuela, Marion Müller sí es trapecista. Tengo su dirección.


Gómez miraba más allá del vagabundo.

—Conozco la historia de esa cena.

—Imposible. ¿Me está diciendo mentiroso? —Meryre estaba furioso, listo para irse a los puños.

—Para nada. Estoy tan sorprendido como usted. Es la misma historia, pero no la conozco por la película. La conozco… de otra parte. —Gómez frunció el ceño—. No sé de dónde.

Los ojos del vagabundo se entristecieron. Respondió escarbando en el suelo:

—No es imposible. A Luzbel le encantaba bajar a la Tierra a contar su vida. A veces exageraba, lo de la cola y los cuernos y eso. Usted pudo leerlo en un libro, oírlo en un bar… Todo eso, a la larga, es de Luzbel. No importa.

Gómez sacudió la cabeza como si le hubiera caído una araña.

—Sí, será eso. En fin, Shekinah es un nombre bonito. La madre de Luzbel…

—También —dijo Meryre, y no explicó el también—. Por eso usan el nombre cada vez que meten la cábala en una película mala. Y mejor que le parezca bonito. Es bastante sensible con el tema, y si lo oye diciendo otra cosa, puede ponerse desagradable.

—Tomaré todas las precauciones.

—La mejor precaución es no pensar en eso. No tiene que hablar para que ella lo oiga.

Por si acaso, Gómez miró a su alrededor.

—No sea tan empirista, señor —resopló Meryre—. Ella no tiene que estar aquí para estar aquí.

Nueva corrección: no era la Pantera Rosa. Era La divina comedia contada por Pixar: potencias cósmicas en las que el chiste ocultaba lo temibles que eran.

IV

—¿Y qué pasó entonces? —quiso saber Gómez.

—El mariscal se escabulló y volvió a ver la película.

—El mariscal…

—Miguel. Generalísimo de las legiones celestiales, mariscal de la Gehena, comendador de la Orden Celestial de la Caída, presidente de la junta de jefes del estado mayor conjunto celestial…

—Bueno, ¿y qué pasó? —Gómez interrumpió lo que amenazaba con ser una lista de condecoraciones literalmente eterna.

—Que volvió a verla —dijo Meryre, con voz hueca.

—Eso ya me lo dijo.

—Quiero decir que volvió a volver a verla. Cinco veces en tres días.

—¿Nadie le dijo que en la película no iba a encontrar pistas de Damiel?

—Se lo dijo su edecán, en la misma puerta del cine. Es que… ya no pensaba en Damiel —respondió a regañadientes.

—Solveig Dommartin, la actriz, era muy bonita en 1987… —comprendió Gómez.

—Tampoco. Miguel vio lo que se perdía. A Damiel, siendo ángel, nadie podía verlo. A Miguel sí, porque es un arcángel. Pero nadie lo iba a tocar, salvo para tropezarse con él; nadie le iba a hablar; nadie le iba a dar presencia en el mundo. Caminaba por Charlottenburg a ver cerrar los bares y apagarse los pisos altos.

—Es triste. —Gómez no sabía bien por qué se sentía incómodo.

—Así es. Y un día no entendió algo, y no tenía cómo averiguarlo. Soltó una lágrima. Una sola.


Miguel daba vueltas como un poseso por su salón, gritándole al edecán solo por hacer algo.

—¡Tengo que acabar con Damiel! Su existencia me perturba.

—Pero no puede tocarlo, señor —respondió el edecán, tan profesoral como se atrevió.

—Si Luzbel me prestara una docena de arpías para atormentarlo impidiéndole comer, Damiel lo haría él solo… —pensó Miguel en voz alta.

—¿Pero por qué le sigue dedicando tiempo? Damiel ya no es problema nuestro.

El edecán esperó verlo estallar. Recibió, en cambio, una voz helada.

—Es problema mío. Siente algo que me molesta. Algo como ser feliz.


—Miguel se pasaba dos pueblos de tramposo —se rio Gómez—. Hay gente así. Leen la norma para hacer lo que quieren. ¿Sentir envidia no era concederle la partida a Luzbel?

—No era envidia —dijo mohíno Meryre.

—¿Entonces qué era? —lo desafió Gómez.

Meryre cruzó las piernas y miró el suelo.

—Que Miguel se sentaba en el bordillo a mirar el apartamento de Marion. Aunque no podía ponerlo en palabras, él también quería quedarse.

Nocturno mit erleuchtetem Fenster (Nocturno con ventana encendida) Carl Theodor Ammersbach. 1881. Oleo sobre lienzo. Kunstverein Celle

—Miguel, hermano… hablemos esto con tranquilidad. Nada te turbe, nada te espante, pero ¿¿¿te volviste majareta??? —gritaba Luzbel, dándose golpecitos en la sien.

—Luzbel, en la cena no se habla así —intervino Shekinah, echando a un lado la sopa.

—¡Papá habla con rayos y diluvios! ¡Yo solo alzo la voz, mamá!

—Tu padre nunca ha usado un diluvio en esta mesa. Yo, en cambio… —dijo ella, alzando una ceja.

—Miguel, ¿te acuerdas cuando papá hizo llover sapos sobre los egipcios? —Luzbel se reía por lo bajo.

—Je, je, je, sí. ¡Y el Nilo vuelto sangre! —Miguel movía el tenedor como para darle golpecitos en la nariz a Luzbel.

—Oooojojo… Lo había olvidado. El Nilo rojo. Vistoso.

—Lo de las langostas no me gustó —dijo Miguel, descartando a todas las langostas del universo con un gesto.

—Sip. Simplonas.

—Facilonas. Nada de esfuerzo. Reúnes unos cuantos millones de bichos que ya estaban por ahí y quieres puntos por eso.

—Y mira la de veces que nos dijeron «la virtud se alcanza con el sufrimiento», hermano. Papá, para ustedes, los que todo lo pueden, ¿qué significa «sufrir»? —preguntó Luzbel, encarándose a la cabecera de la mesa.

—Llagas en la boca es lo que les va a poner su padre si no se callan —pretendió enojarse Shekinah.

—¿Viste, hermano? Solo reciclan grandes éxitos. Como el Apocalipsis de Juan: nos quieren engañar con remixes. Podemos hacerlo mejor. Pero tienes que estar aquí, lo que me recuerda… ¡Mamá, este babos… este jefe de la empresa de vigilancia familiar está hablando de quedarse allá abajo!

—¿Y a ti qué te importa, Luzbel? Tú vives abajo. Yo solo voy a hacerlo con dignidad —contestó Miguel, de regreso a su opaco estado de ánimo permanente.

—¿Dignidad? ¡Tú quieres que yo sea el hazmerreír del infierno! Tú, el principito, quieres ligar manejando un bus en Berlín. Hagamos algo: llevas milenios pidiéndome la revancha. Llama a tu gente, yo a la mía, y nos vemos en la esquina. ¡Es más, no llamo a nadie, te doy ventaja! ¿O es que no puedes esperar para ser el guardaespaldas neonazi mudo de un emprendedor farmacéutico cerca del Tiergarten?

—Planeo buscarme una mujer —dijo Miguel, apenas por encima de un susurro, mirando el plato.

—¿Viste? ¿Viste? Ahí está. ¡Mujer, he ahí a tu hijo! Pero ¿¿¿tú??? ¿Y cómo vas a hacer eso? Es más, ¿sabes qué hacer con ella? Mamá, ¿ustedes ya tuvieron «la charla» con mi hermano? Las flores y las abejas harán que le proponga a alguna chica polinizarla. Oh, Señor, mi Dios, clamé a ti por ayuda… y heme aquí —dijo Luzbel, con la cara alzada, el dorso de una mano en la frente y la otra apuntando a la cabecera de la mesa.

La lamentation au banquet (La lamentación en el banquete). Etienne-Agustin Vallery, taller de David. Oleo sobre lienzo. Musée Vallery, Bourges.

—Luzbel, hasta para ti eso es de mal gusto. Te prohíbo hablar así aquí —dijo Shekinah, a carcajadas.

—¿A mí? ¡El que quiere pecaminosa coyunda es él! ¡Su cuerpo es templo del Espíritu Santo! ¿A nadie le importa el sexto mandamiento? Ya oigo a Baal croando chistes idiotas el lunes en mi oficina. ¿Y saben cuántas caricaturas va a dejar Lilith por ahí de cada mujer que lo desprecie, insinuando que de algún modo es culpa mía?

Shekinah se limpió los labios con una servilleta de lino, con elegancia infinita.

—El séptimo.

—¿Qué?

—El séptimo mandamiento. Deberías saberlo. En las piedras originales de tu padre.

—¿Ven? ¿Ven? Ni el número respetan, y ahora miren el ejemplo que quiere dar Miguel. ¡O tempora, o mores! Papá, es hora de revocar esas piedras.

—Hermano, si Damiel pudo… —Miguel no estaba seguro de la táctica en esa pelea.

—¡Damiel era un soldado raso! Y tú… ¡A ti te pudieron encerrar una noche con las vestales, las mujeres más desesperadas de la historia por una revolcada, me consta, y tú, un tipo de una belleza que el arte lleva dos milenios cantando, ni así llegaste a la cama de una!

—¡Sabía que habías sido tú! ¡Tú pusiste tus sellos en ese templo y me dejaste encerrado toda la noche! —bramó Miguel, echando la silla atrás y buscándose la espada.

—¿Y recibí un «gracias»? ¡No! Y el que paga mal por bien, no se apartará el mal de su casa. ¡Te lo digo yo, que de eso sé! —Luzbel se señaló el pecho.

—¡Las ejecutaron por contaminarse con un hombre! —clamó Miguel.

—¡Y al menos una pudo morir feliz! Aurelia Severa estaba de muy buen ver y habría sido una estupenda Mascota del Mes y… ¡Suspiro…! A quién le encargué la tarea… Mamá, papá, ¿de verdad van a dejar que mi hermano haga esta estupidez?

—No veo cómo vamos a evitarlo —dijo Shekinah, con aristocrática prestancia.

—¿Y la omnipotencia? No, no, olvídalo. Tus caminos son inescrutables; me crie oyendo eso. Pero, Miguel, en serio, ¿no podías irte, sin más? Como Damiel. Él no pidió permiso. Yo me pasaba décadas cubriendo el mundo de Erinias para buscarte, o mandábamos a Gabriel a pegar volantes: «Se busca. Miguel. Se escapó en un descuido. Responde cuando lo llaman». ¡Algo!

—Porque él tiene rango. Porque él se sienta en esta mesa. Y quiero silencio ahora.

La voz retumbó desde las sombras de la cabecera.

—Sí, papá.


—¿Lo dejaron irse? ¿Y las legiones celestiales se quedaron sin jefe? —Gómez parecía aterrado.

—Las legiones se las asignaron a Gabriel. Es el orden de precedencia —dijo Meryre, como quien lee un parte.

—¿Cuando llegue el Juicio Final, las fuerzas celestiales van a estar en manos de un tipo famoso por decir «Dios te salve, María»? ¿No hay nadie más?

—Uziel, que maneja el tesoro de los santos, con el que se reparte la gracia. Las finanzas. No sirve para pelear. Y Raguel.

—Raguel… Lo suyo es la paz, la armonía, el cosmos, los cristales, las esencias…

—¿Cómo sabe eso? —Meryre tenía cara de haber alcanzado la frontera de las sorpresas.

—Wikipedia. Creo. —Gómez dudó—. No es un recuerdo muy claro.

Meryre frunció los labios y asintió, como el que no entiende nada pero asume que eso lo explica todo.

—Bueno, sí. Revolotea por ahí buscando sustancias para alinear la energía vital y pedirle a papá que obligue a los Tronos y Potencias a ir a sus seminarios. Por el bien de ellos.

A Gómez le estaban describiendo el infierno. Solo faltaba que la muerte fuera un retiro corporativo en una granja.

—¿Qué pasó con Miguel?

—Fue feliz. Mientras duró.

—La fugacidad de la vida…

—Miguel iba camino de descubrirla.

V

Luzbel fue a ver a Miguel a sus dominios, extensos y espartanos. No era una visita frecuente, y la tropa supo que era mejor mantenerse lejos.

—Hermano, estoy pensando en tus intereses. Eso de que «toda herramienta fabricada contra ti no prosperará» tiene términos y condiciones. ¿No te preocupa que papá aceptara tan rápido? ¡Mira que tú eras mi subalterno, hermanito!

—¡¡¡Yo tu…!!! Fuiste creado unos segundos antes, pero de la misma materia, y somos iguales en todo. Y yo se lo pedí a papá, Luzbel.

—Claro. Y Abraham le pidió un hijo —respondió Luzbel con absoluta seriedad—. Miguel, en esta casa yo no soy el único tramposo.

—Pues muy bien, Satán.

Luzbel acusó el golpe. Se tomó un momento antes de hablar, y cuando habló ya no estaba bromeando.

—Escúchame, porque esto no te lo va a explicar nadie más. Cuando yo caí, perdí el nombre. Allá abajo soy Satán, y Satán solo puede hablar de Luzbel en tercera persona, como Elmo: «Satán cree que Luzbel es un gran tipo». Aquí puedo ser yo, pero abajo, aunque Satán lo sabe todo de Luzbel, no sabe que es Luzbel. Como si fuera un amigo del que lo sabe todo, pero nada más.

—¿¿¿Quién???

—¿Quién qué? Satán es…

—No… ¿Elmo?

—Elmo es… ¡¿Pero me estás oyendo?! Lo tuyo es peor, hermano. Tú no vas a caer: vas a encarnar, y vas a perder el nombre. Y, con el nombre, al que lo llevaba. Te vas a saber tu vida como si fuera la de otro, como algo que te contaron. Un recuerdo prestado que tú mismo te prestas. Y si alguien te pregunta si eres el arcángel Miguel, te vas a reír en su cara.

—Mi vida es demasiado larga para contársela a alguien y que se la aprenda.

Luzbel se pellizcó el puente de la nariz como si se la fuera a arrancar.

—Porque yo he observado a ese pueblo, y he aquí que es duro de cerviz… Hay una diferencia entre tú y yo: ¡yo no fui a ese zoológico allá abajo! A Satán no lo sacó papá de una bodega. A ti, seas quien seas allá abajo, sí. Tendrás un oficio, una escuela a la que fuiste, tal vez una novia, ¡por una vez! Y esa novia es alguien real, que existe ahora, a quien papá le dará el recuerdo de ti, como a cada profesor, jefe, compañero, vecino. Dios, hermanito subalterno y menor, es el mejor biógrafo posible.

—No ha de ser para tanto —respondió Miguel, con un gesto de desprecio.

—¡Es para tanto! Tu nombre no es cualquier cosa. ¿Ya sabes cómo te vas a llamar?

Miguel no contestó.

—Te quiero, hermano —dijo al fin—. ¿Vendrás a visitarme?

—Yo no te quiero. Cualquier día de estos tumbo esa pared de Berlín y paso a verte. Dame un abrazo, estúpido.


Miguel llegó a la Tierra. Era humano. Era otoño. Era Berlín en la luz baja de una tarde de septiembre, con el frío ancestral de la ciudad.

Se paró en medio de un campo vacío. Tenía una maleta vieja con sellos de viaje y un abrigo algo raído.

Se quitó el sombrero, extendió los brazos en cruz e inhaló. La nariz al cielo, los ojos cerrados. La tenue, enorme sonrisa.

Acababa de sentir frío. De oler hojas húmedas. De sentir los zapatos apretándole los pies. El aroma de la felicidad. De la independencia. De sentir. Así que eso era ser una de esas criaturas.


—¿Un campo vacío? ¿En Berlín? ¿Los jardines de Charlottenburg? Lo siento, no conozco Berlín —dijo Gómez.

—La tierra de nadie del Muro. —La voz de Meryre sonó oscura.

BANG

BANG

El veintinueve de septiembre. Mariano Echegoyen y Laorden, 1866. Colección del Marqués de Valdecorzo, Córdoba.

En el inframundo, Satán cayó de rodillas, los puños en los ojos, la cabeza gacha. Apretó los dientes. Llamó a todos sus torturadores. Alguien iba a pagar.

Menos de una hora después dejó un memorando sobre el escritorio, delegando el mando en un tal Belcebú, y desapareció.

El ángel caído recibe la noticia. 1819 Anselmo Barrenechea y Oroz, círculo de Goya. Oleo sobre lienzo. Galería Colección Fuenterrabia, Pamplona.

—Dos segundos vivió como humano —enumeró Meryre, como quien lee una autopsia—. Apareció en la franja de la muerte, el terreno minado junto al muro. De inmediato, un guardia le dio en la cabeza; otro, en el pecho.

Gómez se tapó la boca. Adiós a Pixar.

—¿Su padre ordenó ponerlo ahí? —Sintió que dejaba pasar varios segundos entre palabra y palabra, sin haberlo decidido.

—¿Quién sabe? No es como que uno le pueda pedir cuentas. Entre Él y la Tierra una cantidad enorme de estafetas interpretan sus deseos. A veces lo culpan de cosas que algún correveidile entendió como una orden. Y a veces… pues sí, hace cosas como esa.

—¿Y qué pasó con Miguel?

—Esa pregunta es difícil. Luzbel tenía razón: sin su nombre, el arcángel desapareció al encarnar. El empaque en el que cumplió su deseo murió en el Muro de Berlín el 29 de septiembre de 1987, a las 16:57:12, hora local. Dos segundos después de haber llegado a la Tierra como humano. —Meryre levantó la vista—. ¿Cuándo llegó usted?

—El 26 de junio de 2026.

Meryre lo miró un rato largo.

—Comprendo.

—¿Sí? Porque yo no. Nada.

VI

La fila seguía creciendo y apenas se movía. Meryre seguía buscando ardides para colarse. A veces suplicaba, a veces llegaba silbando como quien no quiere la cosa, a veces lo intentaba a la fuerza.

Por un tiempo, Gómez lo defendió. Empezó a llegar a la fila, más atrás, gente que él conocía. Su mejor amigo, una novia del colegio, su esposa. Gómez fue con ellos. Meryre no quiso acompañarlo, y Gómez no insistió mucho; no sabía cómo presentarlo a sus amigos.

Con el tiempo, a algunos de ellos los sacaron de la fila. A otros los pasaron a otras filas.

Un día dejó de llegar gente conocida.

Después, un día, nadie vio a Meryre. Ni al siguiente. ¿Podía uno enfermarse en ese lugar? ¿Morirse otra vez? ¿Iba uno a dar a algún limbo?

Gómez preguntó. «Claro, el loco que se quiere colar… No, no me acuerdo cuándo lo vi por última vez». ¿Alguien vio que se lo llevaran, que vinieran por él? Encogimiento general de hombros.

Gómez salió a buscarlo.

Pasó mucho tiempo. Semanas. Meses. ¿Años?

Se fue adentrando en el gran blanco, el espacio sin horizonte ni altura, cada vez más lejos de la fila. Esperaba una ventisca, un risco. Solo había blanco.

Lo encontró tirado, temblando, inconsciente, en posición fetal. Se le veía en paz. Muy a lo lejos se adivinaba una gran muralla. El maldito loco casi lo había logrado. Que hubiera podido entrar era otra cosa: no se veía ninguna puerta, solo la pared blanca sobre el fondo blanco inacabable. Gómez sonrió, pero no supo qué hacer. Se acostó a su lado y lo abrazó para darle calor.

Un rato, o unos años después, llegó una mujer estilizada, en un vestido celeste drapeado, con unas pocas joyas sobrias: una cruz, una estrella de David, una rueda del dharma y algunas otras. Impasible, salvo por un ligero temblor en los bordes de la boca. La acompañaba un ángel de aire funcionarial, y detrás, arrastrándose, una bestia enorme y escamosa.

—¿Son ellos? —susurró la mujer.

—Sí, señora —dijo el edecán.

Alguien le pasó a Gómez el brazo por los hombros para ayudarlo a levantarse. El edecán levantaba a Meryre. Gómez apenas pudo abrir los ojos. Miró a la mujer y algo se le acomodó por dentro, como una llave que entra.

—Tenía que encontrarlo, mamá. Puse a todas mis criaturas a buscarlo, pero encontrar a alguien en esta fila demoníaca que inventó papá… ¡Ni para desaparecer puede ser normal mi hermano!

—Luzbel —dijo ella.

Hacía casi un siglo que nadie lo llamaba así.

—¡Nos dejaste para irte… a ese sitio, que no quiero ni mencionar, el mismo día que bajó tu hermano! Y no como hacías siempre, nooo: como humano, una hora después de que a Miguel le dieran las balas. Y dejando un memorando que delegaba tu puesto. No es que sean tan distintos.

—¡¿Perdón?! ¡¿Que Miguel y yo nos parecemos?!

—¡No he terminado, señor!

—No, claro que no. Debí quedarme en la fila —rezongó Luzbel, restregándose un lado de la cara con la mano.

—Agradece que el edecán de Miguel los encontró. Ni tu padre ni yo podemos ver la fila. Y en cuanto a ese muchachito, Belcebú, que dejaste al mando: es un inepto y no quiero que lo vuelvas a traer a la casa. ¿Está claro?

—Como la forja de Hefesto… Igual, no creo que papá le pusiera mucho empeño a encontrarnos.

—No los encontré yo, señora. Fue Gizmo —intervino el edecán, con lo primero que se le ocurrió para evitar la gresca que siempre seguía cuando Shekinah defendía a su esposo.

—¿Quién? —preguntó ella por encima del hombro, con una sombra de sonrisa.

El edecán señaló a la enorme bestia, que hocicaba a su amo para despertarlo.

—Ah… ¿Abadón?

—Er… señora, no le gusta que le digan así. Le arrancó una mano a un palafrenero por eso. Nada grave: uno de esos angelitos regordetes que andan con un arco estúpido.

—Está acabado, pobre bestia. No le queda nada de esas escamas lustrosas, ni de esas alas que se extendían de una luna a otra cuando se alzaba. El día que su padre se lo trajo, Miguel le tiraba una pelota de lana. Cabía en mi mano.

—Lleva noventa y dos años recorriendo la fila, desde aquel día en el muro de Berlín. Debió de sentir él mismo los dos balazos y se lanzó detrás de su amo. Cuando lo encontró, no me dejó en paz hasta que lo seguí. El problema es que ningún dragón es tan veloz, e incineró exasperado a un par de los que usamos para seguirlo.

—¿Noventa y dos? —Luzbel hizo la cuenta con los dedos y se le aflojó la cara—. Entonces llevo más de cincuenta años en esa fila.

Shekinah sonrió. Hizo un gesto con la mano y en la muralla apareció una reja. Luzbel echó a andar hacia ella, tosiendo, medio caminando, medio arrastrado.

—Me tomó treinta y nueve años morirme, mamá. Desde 1987, cuando le dispararon a ese tarugo, hasta 2026. Y eso porque me puse a atorarme de comida chatarra buscando un infarto; si no, papá me deja cumplir doscientos. Si me mataba, papá jamás me habría dejado llegar a la fila. Me habría mandado de una vez… bueno, conmigo.

En ese momento, Meryre abrió los ojos y graznó algo. Tuvo que repetirlo varias veces. Ya no era Meryre.

—¿A esto te referías con lo de los recuerdos prestados? Yo me sabía toda la vida de Miguel… y no sabía que era Miguel.

Luzbel, que no estaba en mucho mejor estado, apartó al edecán y se pasó el brazo de su hermano por los hombros.

—Y yo me sabía de memoria una cena familiar y creía que la había visto en una película. Y… hermano…

—¿Qué?

—De todos los nombres posibles, ¿Meryre? ¿Te dan a elegir y escoges un nombre de sacerdote egipcio para conocer mujeres en Berlín? Consta que nuestro hermanastro Cristo lloró; nadie lo vio reír. Pero cuando sepa esto…

—¡Y Satán parece un… un… un…!

—Un un un… ¿A ver, un qué? Dale, hermano. Búrlate. Dame tu mejor insulto.

—¡Es tonto!

—Espera a que tus soldaditos oigan «Meryre». Mi hermano, que pudo gobernar un continente, que pudo llevarse a la cama a Claudia Schiffer en 1987 al otro día de llegar a Berlín, elige llamarse Meryre en Alemania. No Hans, no Kurt. Y cuando saliera con Claudia, que habría aceptado porque tiene la buena planta de su hermano, no la iba a llevar en un BMW, como se hacen las cosas. No: ¡en taxi! Y a tomar cerveza en un parque, poniendo cara contemplativa. ¡Qué más, si se llama Meryre! Ya le puedes agradecer a papá que te dejara vivir dos segundos. Uno más de lo necesario.

Le Retour des prodigues (El retorno de los pródigos), Henri-Auguste Vauclair, del taller de Puvis de Chavannes, 1894. Musée Saint-Aubert, Lyon.

Siguieron arrastrándose. Ninguno de los dos aceptaba más ayuda que la del otro. Detrás, el edecán parecía listo para saltar cada vez que tropezaban; el dragón se arrastraba tan despacio como podía; Shekinah se tapaba la cara con las manos, sin saber si reía o lloraba.

—Luzbel, pues tú…

—Cállate y arrastra esa pierna. Ayuda en algo. Ya vamos a llegar, hermano.