Usados y antiguos en Pespire
En una librería de usados hay una enciclopedia que no debería existir. Tiene 14 dedicatorias, todas fechadas un día antes de una catástrofe. Años después, una desconocida las explica. Si dice la verdad, Borges se equivocó en una sola cosa: creyó estar inventando.
I
Muchas historias malas empiezan con un libro aparecido en una librería de viejo; es un tópico de gente sin recursos narrativos. Se sabe que esta no es una historia inventada, porque la librería no quedaba en la cuesta de Moyano, en Madrid, o en la orilla del Sena. Ni siquiera en México o Estambul. Era, creo, la única librería de segunda en cien kilómetros a la redonda, en Pespire, Honduras.
Viajé invitado por Karina Lardizábal, una viuda hondureña a la que conocí en el Café Begonia, en la antigua mansión Obeso. Una cosa llevó a una tarde comiendo pastas, otra cosa llevó a su escote, y estábamos en Honduras.
Como todos los turistas van a Copán y a la isla de Roatán, Karina lanzó un decreto prohibiendo que un invitado suyo fuera parte de la masa. Nosotros iríamos al Valle de los Ángeles o a Pespire, pese a mis plañidos reclamando mi condición de turista.
Con todo, Pespire es bonita. Es la esperada explosión cromática tropical en las paredes y sus casas, levantadas sobre corredores de arcadas en madera, tienen cierto señorío. Las tres cúpulas de la iglesia de san Francisco, en la plaza central, son el hito del lugar, decía Karina que decía la página web de la alcaldía.
Para gustos, los colores. En mi opinión, el hito era «La Qasbah – Usados y Antiguos». Una librería de segunda con nombre de película de la Segunda Guerra en ese sitio lanzaba un pulso irresistible.

Vas a entrar, dijo Karina. No supe si era afirmación, orden, o pregunta.
Era la sala de una casa con tantos años como el pueblo. Paredes azul hortensia reducidas a grises, ajadas ediciones de bolsillo campeaban en tres estantes.
El lugar lo atendía una chica en sus primeros veintes, escuálida hasta la anorexia, con pelo de rastrillo energúmeno. No alzó la cabeza cuando entramos, sumergida en el celular. Cualquier otra persona nos hubiera recibido con banda de guerra.
Nos vamos. A la afirmación, orden o pregunta, Karina le agregó la mirada oblicua, que me autorizaba a proponerle cambiar la Qasbah por un hotelito que habíamos visto de camino. Cuando lo vi. Por mi gesto Karina supo que había perdido.
A ras de suelo, en el estante al lado de la puerta, un sillar de papel apuntalaba unas antologías de ciencia ficción de los años cincuenta salidas de una guerra cósmica. Negro y dorado, como son todos esos libros. The Anglo-American… decía el lomo, el resto de las palabras descascaradas.
Karina estaba alarmada. Me había visto en otras librerías. Ahora, víctima de su idea, estábamos en Pespire, donde no podía irse a ver tiendas y volver.
Era un libro casi tamaño folio. Tapas de piel negra con ribete dorado. Al abrirlo te recibía un mapamundi a todo color a dos páginas, con dedicatorias en varios idiomas encima, en esas bellas caligrafías que dejaron los reglazos a comienzos del siglo pasado. En la portada estaba el nombre, The Anglo-American Cyclopaedia, París, Londres, Nueva York, 1917 y un adornito de lo más cabalístico. Volumen XXVI. Primera entrada tor, última, Upsala. Tipografía Caslon en papel delgadísimo, infames líneas apretujadas de nueve puntos. Dos ilustraciones en los márgenes de cada página, casi todas grabados en negro. Busqué la entrada correspondiente a Uqbar.
Estaba.
Nos vamos, dije, apresurándome a pagar.
¿A Copán?, preguntó Karina contra toda esperanza.
A tu casa.
Me aproximé a la chica del mostrador, no puedo decir la que atendía. Pregunté el precio. Me dijo sin mirarme: mil doscientas lempiras. Cuarenta y cinco dólares, hizo Karina el cambio, cargada de frustración.
No sabía que existiera este ejemplar, dije por decir algo. Siempre pensé que este libro lo inventó Borges en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. Ella me pasó el cambio y me preguntó si yo era de esos. ¿De cuáles? De esos, de los que tratan de ligar en las narices de su pareja haciéndose los interesantes.
Nos fuimos. Karina se rio sin parar todo el regreso.
Jorge Luis Borges publicó el cuento en mayo de 1940, en Sur. Lo incorporó en Ficciones, que entró a la primera edición de Emecé de sus obras completas en 1974. Jorge Varela Lourido, el patriarca industrial de los jabones, me regaló su ejemplar en 1992.
El dispositivo que sostiene la historia es el volumen XXVI de la ficticia Anglo-American Cyclopaedia, copia pirata de la Enciclopedia Británica de 1902. Borges queda intrigado cuando su amigo Adolfo Bioy le recita, como aparece en el tomo, una frase de un heresiarca de Uqbar, una ciudad de dudosa geografía.
Que alguien cite de memoria el volumen veintiséis de una enciclopedia no lo sorprende, sino la cita: es memorable. Es decir, no puede existir si no la conoce. Borges toma su propio volumen con esa suficiencia parsimoniosa. Busca «Uqbar», no aparece. Tomo y asunto cerrado, excepto que Bioy insiste en que su tomo sí la tiene y lo prueba.
Varios amigos bajan a la arena en calidad de mozos de espadas. Llaman por teléfono, requieren a otro que también tiene la Anglo-American, como al parecer la mitad de Barrio Norte. Agotadas las agendas, ninguno encuentra otro volumen como el de Bioy.
Como Borges veía su clase con mirada bovina, desdeña contar la movilización alrededor de la discusión, pero la búsqueda de otro tomo como el de Bioy en el cuento delata la superlativa aristocracia de Buenos Aires de los años treinta. Esos jóvenes cultísimos, riquísimos, aburridísimos y, sobre todo, competitivísimos, que llamaban a un blazer hecho a medida en Savile Row “ropa para estar en casa”, alineados en bandos. Bioy o Borges: solo podía quedar uno: «¡pero cómo me vas a decir, che Fonzi, cómo me vas a decir, a esta hora, que la enciclopedia no es de tu viejo sino de tu abuela! ¿Me querés decir para qué te llamo, para qué te tengo? ¡Che, dejás esa mina, tomás tu Bentley y vas a lo de tu abuela! ¿Qué vos sabés que en su enciclopedia no aparece? ¿Ahora sos Borges, vos? ¿Que son las once y media? ¿Y qué? ¿Vos me estás diciendo que en lo de tu abu, la Lolita Luisa Matilde Anchorena Gainza de Alzaga y Unzué, no hay nadie para abrir a esta hora? Y anotá: Uqbar. ¿Cómo que si lo escribís con k? ¿Qué gracia tendría que fuera con k, atorrante? ¡Con q! ¡Y te plantás aquí con el libro! ¿Cómo «dónde»? ¡Aquí!»


Como es «un cuento de Borges», importa que el libro no existe, no la búsqueda. No obstante, la ecuación cambia cuando resulta que sí existe. Y en Pespire. El único ejemplar del volumen XXVI de esa enciclopedia ficticia, y ya sé cómo suena, incluía Uqbar. El rastro que quedaba de una civilización, si había existido, eran esas cuatro páginas.
Leí una y otra vez esa entrada en la casa de Karina en Honduras, y luego en mi casa, y luego en los despachos de unos envidiosos profesores de literatura. Les pareció un timo simpático. Se les veía que querrían haberlo comprado, un fraude elaborado se vuelve arte en sí mismo. Y su respuesta no explicaba las dedicatorias, sin relación con el cuento.
La primera decía «Temperance, en memoria de tu primer día como enfermera. Haznos orgullosos. Tus abuelos. Fort Riley, 3 de marzo de 1918». Al investigar supe que al otro día reportaron allí los primeros casos de gripe española, que mató entre diecisiete y cien millones de personas.
Los caracteres de la última me los tradujeron en el Centro Colombo-Japonés: «Minato, un ingeniero que no cree en sus ancestros. Con amor, Mei. Fukushima, 10 de marzo de 2011». Al otro día vimos por televisión un tsunami arrasando allí un reactor nuclear.
Entre ambas había doce.
A George se lo dedicó su padre en Honolulu, Hawái, el 6 de diciembre de 1941, un día antes del ataque a Pearl Harbor que llevó a Estados Unidos a la Segunda Guerra. A Mary, una oficinista, se lo regalaron en Nueva York. En 2001. En septiembre. Sí, el diez.
De algunas historias no sabía nada. En francés: «Henri, hijo mío, quedas al cuidado de Dios y de la bandera. Que ellos te protejan, soldado. Biskra, 31 de octubre de 1954». Al otro día el Toussaint Rouge inauguró ocho embrutecidos años de guerra de independencia argelina.
Transcribí en Google el texto de otra. Resultó ser croata: a un misionero italiano su superior le entregó este libro, y una biblia, el 10 de julio de 1995 en Srebrenica, escenario al otro día del genocidio bosnio.
Esta me desconcertó: «Sukumar, amo tu valor, tu loca y estúpida determinación. Seré feliz de ser tu esposa. Te espero en Londres. Dacca, 24 de marzo de 1971». Sin poder poner los caracteres en un teclado, me tomó un tiempo saber que eran bengalís. El 25 inició el genocidio de Bangladesh, que dejó entre trescientos mil y tres millones de muertos.
Averiguar qué pasó con catorce personas atrapadas en esas vorágines era imposible. Las Torres Gemelas dejaron diecinueve víctimas llamadas Mary. A saber a cuál le regalaron el libro.
De todas las dedicatorias, la más extraña era: «A Charlie, pibe. A la tercera va la vencida. ¡A la facu! Felicidades. Salamanca, 16 de julio de 1936. Adolfo».
Había docenas de Carlos en las listas de la Universidad de Salamanca, y tampoco es que fueran confiables, teniendo en cuenta que al otro día empezó la guerra civil y ningún bando estaba por la labor de pasar asistencia. Tampoco es que Adolfo fuera un nombre exótico. Pero el tomo de Uqbar en el cuento de Borges era del muy real Adolfo Bioy Casares. Y el Adolfo que escribió esto era más rioplatense que el obelisco.
Karina y yo todavía hablamos de vez en cuando. Ella siguió administrando sus tierras y hostales, yo seguí con mis asesorías financieras. De vez en cuando nos gustaba proponer teorías sobre el timo.
Ahora, si resultara ser un libro sobrenatural en Pespire, no en Jerusalén, Damasco o Roma, por variar, ¿cómo funcionaba? El ángel, o genio, o demonio del desierto, hacía la anotación… ¿para qué? ¿Los pendientes del otro día? ¿Y por qué escribía dedicatorias? ¿Por qué no convertía el mar en sangre?
¿Y si Borges conoció la Anglo-American? Bien pudo quedar olvidada en los años veinte del siglo pasado; una editorial que piratea la Británica no deja huellas. Que unos argentinos la tuvieran no era imposible. Bien podía ser que todos los ejemplares del tomo XXVI hubieran incluido “Uqbar” y Bioy regalara el suyo. Al fin y al cabo, parecía grimorio victoriano.
Con Internet no se hubiera salido con la suya: miles de personas hubieran denunciado que su abuelito tenía esa enciclopedia y aparecía Uqbar. Pero en 1940, si acaso un amigo hubiera detenido a Borges por Corrientes: «Che, Georgie. Te presto mi volumen XXVI, con Uqbar. Me debés lo que pagué por la revista». Misterio solucionado.
Entonces, ¿para qué seguir buscando un tomo de esa enciclopedia?
Porque mi solución era venenosa. De una parte, implicaba que Borges, en un día lento, saqueó una enciclopedia y la hizo pasar por un cuento maestro. Pero ante todo, ¿Bioy Casares y, sobre todo, Borges, ¡Borges! con una copia pirata de la Británica? De haberla tenido, hubiera estado en una caja en el ático, al lado de un cadáver descuartizado, no en la sala.
Si aceptamos que Bioy y Borges se hubieran dado ese paseo por la zona literaria de los faroles rojos, Borges murió en 1986, Bioy Casares en 1999. Ninguno pudo saber de las Torres Gemelas o de Fukushima. Y vivos, a esos aristócratas de la Regencia, extraviados en Argentina, un misterio sobre un reactor nuclear les habría parecido una ordinariez. Biskra, por mera sonoridad, les habría encantado. La gripe española de 1918 pasaría el corte, por “española”. Pero Wall Street en 1929. Borges. Que consideraba los billetes un invento de tenderos, sin siquiera la dignidad de las monedas.
Habían pasado diez años. Puse el libro en mi sala, con una talla quiteña de la Inmaculada, que me regaló Karina y le dije a mi esposa que era de un cliente. Mis amigos solían pedirme la historia de la compra. Por entonces habían ingresado unos mercedarios, un prófugo de Nueva España y, con suficiente whisky, egipcios y sumerios hacían un cameo.
Fue entrando a mi club cuando el portero me dijo que tenía correspondencia. Me pasó un sobre crema, tamaño carta. Adentro, en papel del mismo color, apuesto que hecho a mano, una caligrafía llena de carácter en tinta azul celeste me pedía cita para discutir sobre “un libro que es de común interés que usted no tenga”. Cualquier día, a partir de dentro de dos días. Tenía sello de lacre con escudo de armas, un teléfono y una dirección. En Lyon.
Tuve que buscar en Google cómo llamar a un número fijo en Francia. A «Rafaela, el señor no está, pero me pidió tomar su mensaje» le expliqué que no podía ir a Francia, ni en dos días, ni en dos años. Ofrecí una teleconferencia que desechó con un cantarín «no es necesario» en acento argentino aterrorizante, que sonó como «no sea imbécil»: por supuesto que ellos vendrían. Pregunté si venía el séquito completo. Jajaja. No. Clic.
II
Cinco días después llegó a mi oficina la pantera más hermosa del sistema solar. Ningún diseño de sonrisa logra esos dientes, que me sonreían desde medio metro más arriba de mi cabeza. Era un espigadísimo poste de piel obsidiana mate. Olía a avión privado Boeing 777. Hablaba español con un acento de Europa Oriental que haría sonar sexy un capítulo de Hegel. «Raya, nada más, por favor, princesa solo me dice la gente que no me quiere», dijo extendiendo la mano. ¿Estrechársela o besársela?

Ella puso unas fotografías sobre mi mesa.
—Prescott.
La empujó un poco hacia mí. Sonreía, con tono de «yo soy Yahvé, tu Dios».
—¿Reconoce el nombre?
—Mucha gente se llama Prescott.
—Tal vez no se dé usted cuenta. Permítame: crucé el Atlántico para hablar con usted. Conseguir los permisos para que mi avión aterrizara costó, y es una época muy triste cuando hasta el gobierno en la sombra tiene complicaciones. Merezco un mínimo de cortesía. ¿Reconoce el nombre?
—Se refiere a la dedicatoria.
—De 1929. Prescott Saint-Lawrence. Si quiere saber por qué unos granjeros de Ohio llevaban ese apellido le respondería, si viniera al caso. La dedicatoria la escribió su padre en octubre 23, al entrar Prescott como paralegal. Cinco días después su jefe lo mató, junto a otros tres empleados, y se suicidó, al quedar en la ruina en el crash bursátil desatado el veinticuatro.

La siguiente foto eran cinco marineros, con su gorrito y uniforme de primera comunión.
—¿George?
—La cuarta dedicatoria. Pearl Harbor, 1941.
—Muy bien. George Nikolaidis terminó estudios de derecho en Harvard en 1941. Sus padres, dueños del único restaurante griego de Hawái, tal vez de todo el Pacífico, soñaban con que sería magistrado de la Suprema Corte, dice la dedicatoria. Supongo que ya averiguó que ningún magistrado se ha llamado George desde 1940. Ni desde la revolución americana, para el caso.
—Lo sé. Debió ser una desilusión para sus padres.
—Ya puede decirlo. Sus padres ofrecieron una cena el 6 de diciembre de 1941. George, o Yorgos, se alistó con tres compañeros, al parecer pensando en las oportunidades de ligar en uniforme. Sus padres lo esperaban en una línea comercial, ellos desembarcaron en la base de Pearl Harbor a la madrugada del 7 de diciembre. Una fecha que vivirá en la infamia y etcétera. Nikolaidis debió caer con el primer avión.
Fue señalando una por una las fotos.
—Henri Durand, el soldado que murió en Biskra el 1 de noviembre de 1954, durante los atentados del Toussaint Rouge del Frente de Liberación Nacional argelino. Ambrosio Castellari, el misionero italiano asesinado en Srebrenica por las bandas del general Mladic, el carnicero de Bosnia.

—¿Cómo sabe esto?
—¿En serio? ¿Esa es la pregunta que se le ocurre?
—Se me ocurren muchas. ¿Qué pasa con la dedicatoria de 1936?
—La de Adolfo.
—¿Bioy Casares?
—Le gustaría, ¿no? Sí, Adolfo Bioy Casares se lo regaló a Carlos Uldarico Lundqvist, hijo de una amiga de Silvina Ocampo. Silvina tenía treinta años y Adolfo diecinueve al conocerse en 1933. Dos príncipes del universo jugando tenis en una tarde lánguida. Bioy quedó sumergido en un pozo de capricho. Cuando ella quiso dejarlo, él dijo «no eres tú, soy yo», le dijo «te respeto, tómate tu tiempo» y se fue a buscar a Charlie hasta Salamanca, para enrolar a la madre en su campaña de reconciliación. Funcionó, se casaron, como sabe.
—Entonces la Anglo-American Cyclopaedia existe.
—La envidia de Sherlock Holmes… Aquí hay un tomo, ¿no? Si lo hace feliz, pues sí, existe.
—Quiero decir, completa.
—Todos sus veintisiete volúmenes. Más un suplemento.
—¡Entonces existe la Primera Enciclopedia de Tlön! ¿Usted la tiene?
—No sea tontito. La inventó Borges. Que ni siquiera la inventó toda.
—¿Y Uqbar?
—Ah… Uqbar. Llegamos.
Raya puso sobre su regazo una pequeña maleta de cabina, de las de ruedas y sacó dos objetos. Negros y dorados.
—Estos son los volúmenes I y II de la Anglo-American Cyclopaedia. ¿Se fijó usted en los símbolos debajo de la lista de sucursales de la portada?
—En el centro de estudios hebreos me dijeron que ni las letras ni la expresión tenían sentido.
—Claro… como creyó Borges. No podía saber que significa «Lugar donde se escribe en Uqbar». Lo más próximo a «Imprenta de Uqbar». Los caracteres parecen hebreos, sin serlo. Y la construcción es parecida al arameo imperial de los aqueménidas persas.
—Los aqueme…
—Siglos VI a IV a.C. Si vio 300 y recuerda al malo, esos.
—¡Sé quiénes eran los aqueménidas!
—¿No vio 300?
—Sí.
—Qué lío se hace usted. Eso dije.
Cómo deseé poder pulsar algo y devolver los últimos diez segundos.
—Usted me dice que estos libros, el mío, los suyos, fueron impresos en… Uqbar…
—Reimpresos.
—Sí, sí. Ya sé. La Britannica de 1902…
—La 1902 solo fue la carcasa. Es «reimpresión» porque la Anglo-American mejora a su antecesor directo, la Encyclopédie, oder ein illustriertes Wörterbuch der Wissenschaften, Künste und Handwerke, de 1795, «el alemán». Su carcasa fue la Encyclopedie de Diderot, pero esa era «razonada». Este era «ilustrada».
—La enciclopedia de la Ilustración también la piratearon…
—«El alemán» continuó el Le Grand Atlas, ou Cosmographie Universelle, de Johan Groen. Trece volúmenes, 1671. Impreso en París, distribuido desde Ámsterdam. Y…
—El Atlas Blaviene, el atlas más lujoso...
—Ese es de Joan Blaeu. Aunque este Atlas Universelle, tenía mérito. El primer eslabón que conocemos son unas tablillas del rey asirio Asurbanipal, como del 640 a.C., extraídas del Museo Británico en 1894. Las llaman, por su primer verso, Sa Naqba Ilammidu.
—El primer verso de Gilgamesh, el poema épico más antiguo, es sa naqba imuru…
—¿Ya me va entendiendo?
—¿Para qué? ¿Para qué hacer obras apócrifas, una y otra vez, durante milenios?
—Porque ya no caben más inscripciones, como las dedicatorias. Tablillas primero. Luego papiros. Códices, grabados, lo que fuera, hasta estos tomos. Todos están llenos, solo en el suyo queda un espacio.
—Lo siento, soy muy lento. Sigo pensando… ¿y qué?
—A veces los dioses necesitan ayuda. O les gusta tenerla, por mala leche. O les parece divertidísimo hacernos jugar.
—Y ya no habrá libros donde escribir el nombre de alguien que va a morir. ¿Es eso?
—Es un poco más complicado … No es la pregunta correcta. Pruebe de nuevo.
—¿Qué pasará cuando se llenen los veintisiete volúmenes?
—La pregunta es: ¿por qué veintisiete? Veintiocho, no olvidemos el suplemento. Uqbar desde sus inicios, ha sido una civilización devota de la matemática. Sus dioses eran magnitudes, como la velocidad, no fenómenos como el viento. Luego las agrupaban en fuerzas...
—Fricción, presión, tensión…
—¡No, no, no! Usted es… abogado, economista, algo así. ¿Cierto? Esas son magnitudes. Nosotros hicimos lo mismo y tenemos electromagnetismo, gravedad, fuerza nuclear fuerte y fuerza nuclear débil.
—Soy economista.
—Vale, pues lo siento. El punto es que identificaron la interacción nuclear fuerte en 1351.
—En 1351… en Uqbar describían partículas subatómicas en 1351…
—Desde 843.
—¡Ah! El primer milenio…
—¿Le parezco una loca?
Raya bajó los ojos como haciendo pucheros, apretando y abriendo despacio su mano, usando un cráneo imaginario como pelota anti stress.
—¡No, no! Le creo. No veo la hora de que termine este encuentro. Quiero decir: su historia. Mis respetuosas interpelaciones son del todo bienintencionadas. Por favor, siga.
—Me alegra eso. No suelo tomarme bien que jueguen con mi tiempo. Siguiendo, en 1899 identificaron la materialidad del tiempo, y añadieron un volumen a la Anglo-American en 1914, su fecha real. Posdataban la fecha para hacer la transición desde el vehículo anterior. De ahí el suplemento. Veintiocho tomos, veintiocho fuerzas. Compárelas con las cuatro nuestras.
—¿Y ya? ¿No la apabulla eso? ¿Esa gente no le parece un peligro?
—Tengo mis libros hace más tiempo. Dígame: ¿cuántas Anglo-American cree existen?
—Borges cuenta la suya, la de Bioy, la de noventa por ciento de Argentina…
—No. Hay una. Esta. Nadie la tuvo completa en Buenos Aires, ni nunca. Los tomos se abandonaron separados por el mundo. El trayecto que llevó el tomo XXVI a Buenos Aires, o a Pespire, es inaccesible. Solo sabemos que pudo estar en los lugares y años de las dedicatorias, pero entre medias pudo estar en Malasia o La Meca.
—¿Cómo sabe que lo compré en Pespire?
—¿Es de verdad la pregunta?
—No, olvídelo… Pero no «pudo estar». Estuvo. Las dedicatorias lo dicen.
—Si le compra un libro de poemas, en vez de lencería, a su pareja en París, firmará su inédita cursilería antes de envolverlo para regalo. Si sobrevive a la tacañería, firmó y entregó el libro en sitios diferentes. Los libros de Temperance y Prescott se firmaron en Fort Riley y Nueva York. Pero no sé dónde firmó Bioy o si el padre de Henri pisó Argelia.
—¿Y las muertes? ¿Prescott, Henri, Temperance, los otros? ¿Qué los mató?
—El azar.
—¿Y eso es todo? ¿Es el gran misterio? ¿Qué la gente muere por una suerte perra?
—Buen Jesús… Vamos a los básicos. La dedicatoria es el centro de irradiación. El volumen XIII tiene una dedicatoria a Mariko el 5 de agosto de 1945, en Hiroshima. Seguro que Mariko al otro día fue volatilizada la primera. Y un agente comercial chileno, que vendía nitratos en Europa, escribió «propiedad de Miguel de Herrada - 27 de junio de 1914 – Sarajevo» en el volumen VIII. Al otro día… la primera guerra mundial y veinte millones de muertos. Herrada el primero.
—Algunos eventos en mis dedicatorias no son gran cosa, si lo mide así. Durante el Toussaint Rouge completo murieron diez personas. En Biskra, una, y no estoy seguro.
—¿Sus dedicatorias?
—Usted me entiende.
—Lo intento más que usted. Si se esforzara, ya debería saber que, por la dedicatoria, Henri murió en Biskra. En cuanto a “diez personas” el Toussaint Rouge arrancó la Guerra de Argelia. Entre cuatrocientos mil y un millón y medio de muertos. Al gusto.
—¿Y la dedicatoria de Prescott en 1929? La Gran Depresión no mató a nadie.
—Si no quiere hablar en serio, puede proponer otro tema.
—Perdón. Es que trato de entender. ¿Quién los mata, al fin?
—Las veintiocho fuerzas fundamentales de Uqbar.
—¿Los mató la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad?
—Tiene más elegancia un martillo de bola que su pregunta, pero es más acertada de lo que cree. Como le digo, vamos para allá.
—¿¿¿Cómo mueren???
—Todos los hombres tan precipitados… eso debe ser una fuerza también. Ya se lo dije. Las veintiocho fuerzas están sometidas a otra suprema: el azar.
—Y no me quiere contestar cómo mueren, entonces…
—Serenidad y paciencia. Todas las fuerzas están encerradas en todos los tomos. Ahora, ¿escribirá alguien un nombre, una fecha y un sitio en uno? Claro. ¿Quién? No lo sabe ni un dios del azar, si existiera. El azar, la fuerza suprema en la cosmología de Uqbar, está sometido a las reglas… del azar: se activa si tiene suerte. Y tiene suerte cuando la persona está donde y cuando dice la inscripción. Si la persona que lleva ese nombre está en ese lugar al otro día, las veintiocho fuerzas se abalanzarán sobre ese lugar, ese día.
—¿Toda dedicatoria acaba en desastre?
—Muchas no. Hay una dedicatoria en el volumen XVIII para Natalie Bernard en Zúrich el 20 de octubre de 2002. El evento más notable ese día, fue la atroz reaparición de Top Gear en la BBC, porque la Natalie Bernard de la dedicatoria no estaba en Zúrich.
—Debe haber docenas de Natalie Bernard en Zúrich cualquier día.
—Estoy segura de que las fuerzas fundamentales que rigen el universo tienen una base de datos a prueba de homónimos.
—Pero, pero, pero… ¡la flota japonesa ya iba en camino a Pearl Harbor el 6 de diciembre de 1941! ¡La bomba ya estaba a bordo del avión el día antes de lanzarla! Dadas las cosas como estaban, el resultado solo podía ser ese.
—Esa es la cuestión, ¿no? Las cosas «como estaban». Tomemos a Temperance Reiner y la gripe española. ¿Averiguó algo sobre ella?
—¿Sobre Temperance? Nada. En cambio, aprendí sobre la pandemia. El cuatro de marzo de 1918 se reportaron los primeros casos en Fort Riley. Enfermos había todos los años, pero nos importan esos pocos soldados agripados en esa base. De ahí salían cada semana reclutas como para poblar un pueblo, enviados en barcos atiborrados a las atiborradas trincheras europeas. Aunque la primera ola de gripe fue benigna, la censura distorsionó la información. Cuando el armisticio quedó a la vista, se despachó un montón de personal sanitario a hospitales atestados. Médicos, enfermeras, enfermos y recuperados regresando a casa, apresados en una espiral veloz y mortal. Entonces la segunda oleada arrasó millones de vidas en pocos meses.
—Bien contado, pero mire: una de esas variables falla y hablaríamos del resfrío francés.
—Pero décadas de circunstancias, o cientos de variables, llevan…
—…a ese evento exacto, ocurriendo, o arrancando, el día después de cada firma. ¿Por qué las cosas no fueron distintas?
—¡Porque no! ¡Qué importa!
—Porque no… En algún lugar hay alguien muy feliz de que usted sea economista, no abogado. Qué calidad argumentativa. A ver: ¿cuándo dijimos «dadas las variables conocidas, así tuvo que ser»?
—No lo sé. En algún momento…
—¿Cuándo?
—¿Cómo que cuándo?
—Pues eso: ¿cuándo?
—No lo sé. Alguien empezó a analizarlo un tiempo después…
—Después. Y así queda mi punto demostrado, su señoría.
—No del todo. Es más: casi nada. Todas las variables estaban en su sitio.
—Claro, pensaba que ya estábamos de acuerdo. El vórtice que abre la dedicatoria usa variables presentes, no las crea. Un segundo antes, veintiocho fuerzas fundamentales actuaban sometidas a su propia incertidumbre. La dedicatoria llama un azar supremo, que les quita toda aleatoriedad propia a las otras fuerzas y la integra en sí mismo.
—Está asumiendo un vínculo entre la firma y los hechos. ¡Una pandemia puede parecer organizada por el azar si le atribuimos consciencia! Pero la intervención humana, que es incontrolable, lo cambia todo.
—Incontrolable es todo. La intervención humana es otra variable. A cada momento, un mundo de oportunidades entra en un embudo hasta que Pearl Harbor, o las Torres Gemelas, se vuelven inevitables, a medida que otras variables entran en juego.
—¡Pero es eso! ¡Azar!

—Si va a referirse a él en ese tono, espere a que me haya ido. El azar reúne todas las variables de las otras fuerzas, cambiando con cada una las demás para agotarlas. “Sabe” organizar A, B, C y D para obtener αβγδ. Liberado por la dedicatoria, lanza las veintiocho fuerzas, que amarran galaxias, sobre una persona, en un momento.
—¿No es un pensamiento demasiado mítico? ¿Atribuirle consciencia a la suerte?
—El azar es solo una fuerza menos visible que la gravedad. El punto es que, lo que las lleva las variables sobre la mesa a una pandemia en 1918, o a la guerra de Argelia en 1954, solo se explica en la historia inevitable que conocemos, que es inevitable porque es la historia que conocemos.
Me alegré mucho, mucho, de no estar ebrio mientras conversaba con ella, o mi cabeza habría explotado con esa última frase.
III
—Y usted tiene todos los demás libros.
—Así es.
—¿Qué es usted? ¿Suma sacerdotisa de Uqbar? ¿Emperatriz? ¿Regente del consejo?
—Cielo santo, no. No llevamos años buscando los libros, como en un cuento mal escrito. Los encontramos juntos en una bodega en Ravena. Los compramos como reciclaje.
—Ustedes…
—Mi marido y yo.
—Marido…
—Ni en Uqbar ni aquí nos reproducimos por esporas.
—¿Por qué sabe tanto de Uqbar entonces?
—No lo sé… ¿será cierto todo lo que hablamos? Le mostré fotos, le conté historias sobre esas fotos… ¿cómo sabe que esta es Temperance Reiner? ¿O que su apellido era Reiner y que era enfermera?
—No puedo saberlo…
—No se preocupe, lo es. Me puede creer.
—¿Va a probarlo?
—No puedo.
—Qué cómodo…
—Aceptación. No se puede distinguir historia intervenida de la que no lo ha sido sin conocer la segunda. Ya intervenida, causas y secuencias se estructuran desde adentro.
—Y pensar que a mí me parecía el cuento pretencioso de Borges un ensayo de filosofía disfrazado ya denso… ¿Usted conoce esa historia antes de la intervención?
—En la Anglo-American la encuentra. Es lo que Borges dijo, sin saberlo. Por supuesto, a alguien como… pues como usted le parece ficción. Sin ofender.
—¿Cómo supo que yo lo tenía?
—Ah… es que el azar no es exclusivo de los libros. Hace meses estábamos en un restaurante en Tegucigalpa y alguien contó en una mesa cercana algo que había ocurrido en Pespire. Karina, mi marido y yo nos hicimos buenos amigos. Aunque ella se negó a decirnos cómo contactarlo, me habló de su club.
—Y usted quiere el libro. Mi libro.
—A usted no le sirve. Y podría ser peligroso que lo tuviera. Le ofrezco cien mil dólares.
—Según lo que me ha contado, no tiene precio.
—Y le estoy ofreciendo dos mil veces lo que pagó. El libro no le sirve. Cien mil dólares sí.
—No está en venta.
—Siempre tanto melodrama… Voy a tener este libro. Mañana por muy tarde. Falta definir dónde estarán los cien mil dólares, si en mi cuenta o la suya.
—¿Me va a pegar un balazo?
—Melodrama. ¿Le parece que puedo ocultar una pistola en esta ropa? ¿Tenemos trato?
—No.
Se desabrochó dos botones de la blusa.
—Puedo mejorar la propuesta.
—Soy casado.
—Sin haber tenido la noche de su vida.
—Tentador, pero paso.
—Entiendo.
No fue ninguna fortaleza de carácter. Es que la atmósfera se sentía más y más densa. Las sombras de la tarde parecían arremolinarse alrededor de ella. Dinero, sexo, todo en ella, gritaba «ten miedo».
Sacó una estilográfica brillante como el final de una galaxia. Estaba tan atónito que no me moví unos segundos cuando empezó a escribir en mi libro. Me lo pasó abierto.

«Para Luis Felipe. Mañana sabrás lo que te perdiste».
Una letra precisa, como los clics de una cadena de bicicleta vieja.
La firma en más caracteres cabalistas.
La ciudad y la fecha de hoy.
Se levantó, rodeó el escritorio, me dio un beso suave en la mejilla.
—Mañana recogeré el libro. Si ya no estás, déjalo a la vista.
La puerta no hizo ningún sonido cuando salió.